1. Introducción y antecedentes

Introducción 

 

Los desastres naturales han provocado pérdidas humanas y materiales, dando como resultado un impacto muy grave a nivel económico, social, familiar y personal, afectando también fuertemente a la salud tanto física como psicológica de quienes los viven. 

 

En este estudio se consideraron las investigaciones cuantitativas realizadas por otros investigadores respecto del sismo del 19 de septiembre de 2017, donde mencionaron que los sobrevivientes presentaron síntomas de trastorno de estrés postraumático, estrés agudo y trastorno de ansiedad, así como otras reacciones como culpa, enojo y frustración (Fresán et al. 2019). 

 

Con base en lo anterior, el presente estudio de corte cualitativo tiene la finalidad de describir la experiencia de dos personas que vivieron el sismo del 19 de septiembre de 2017 y que podrían experimentar síntomas relacionados con el trastorno de estrés postraumático o de estrés agudo, manifestados ante la alerta sísmica en CDMX y zona metropolitana. 

 

Con base en los resultados, se obtuvieron las experiencias subjetivas de las personas que vivieron este evento, de tal manera que permitan proponer alternativas de tratamiento integrales desde la psicología clínica.


Antecedentes


México es un país que se caracteriza geológicamente por la gran actividad sísmica y volcánica, ubicado en el llamado Cinturón de Fuego, donde se registra gran parte de los movimientos telúricos a nivel mundial, ya que, según estadísticas, se registran más de 90 sismos por año con magnitud superior a 4 grados en la escala de Richter, lo que equivale a un 60% de todos los movimientos telúricos alrededor del mundo (Secretaría de Protección Civil del D.F. SSPC, 2023).


De acuerdo con la SSPC (2023) los estados con mayor riesgo de sismos de gran magnitud que pueden afectar la Ciudad de México son: Jalisco, Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Puebla, Estado de México y Veracruz.


El riesgo sísmico es diferente y varía de una región a otra, dependiendo de la cercanía de las fallas activas, así como del tipo de suelo, la edad y diseño de las edificaciones, y por supuesto del tipo y cantidad de asentamientos humanos en cada lugar, por lo que la Ciudad de México tiene un riesgo alto y varía mucho de una zona a otra debido a la heterogeneidad y comportamiento de los suelos (SSPC, 2023).


Por otra parte, podemos ver que en la República Mexicana han ocurrido sismos de gran magnitud como el 14 de marzo de 1979 a las 5:07 horas de 7.6 grados escala Richter con epicentro en las costas de Zihuatanejo, Guerrero, donde los daños fueron considerables, o como el que sucedió el 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 am, con 8.1 grados en escala Richter, el cual provocó la mayor devastación urbana del siglo en el país, causando más de seis mil muertos según cifras oficiales, o el sucedido el martes 19 de septiembre del 2017 a las 13:14, donde se registró un sismo con magnitud 7.1 localizado en el límite de los estados de Puebla y Morelos, afectando varias ciudades entre ellas la CDMX (SSPC, 2023).


De esta manera y a partir del terremoto del 19 de septiembre de 1985 se comenzaron a tomar ciertas medidas de prevención ante los constantes sismos, entre los que destaca la creación de la primera alerta sísmica en el mundo en 1989 desarrollada por el CIRES, pero fue hasta 1991 cuando dicha alarma sísmica comenzó a operar con doce estaciones que cubrían de manera parcial la costa de Acapulco, Guerrero (Fundación UNAM, 2023).


La alerta sísmica permite advertir a la población sobre un sismo, segundos antes de que llegue a las ciudades, pero es necesario que se cumpla con características específicas para su activación como son (Fundación UNAM, 2023):

  • La intensidad del movimiento telúrico debe rebasar, al menos, dos estaciones de energía preestablecidas.
  • La estimación de energía.
  • La magnitud estimada y distancia entre ciudades. 

Y aunque la alerta sísmica es un sonido con el que ya nos estamos familiarizando debido a que suena cada vez que va a ocurrir un sismo, dándonos valiosos segundos para salir de donde nos encontramos para salvaguardarnos, puede ocasionar algunos efectos físicos y psicológicos, incluso si sabemos que se trata de un simulacro como el que ocurre el 19 de septiembre de cada año (El Universal, 2023).


De acuerdo con un estudio realizado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Nacional de Psiquiatría Juan Ramón de la Fuente (EL Universal, 2023) se destaca que después de un terremoto, hasta el 63% de las personas experimentan aumento considerable de desesperanza, disminución de la motivación, pérdida del apetito o de peso, fatiga, síntomas de depresión y ansiedad.


En cuanto al sonido de la alerta sísmica el doctor Edilberto Peña (El Universal, 2023) señala que dicho sonido se trata de un marcador de una bandera roja que nos recuerda eventos traumáticos y dolorosos donde la vida de personas que queremos y la propia está en peligro, por lo que al escucharla nos pone en una situación de alerta máxima porque el cerebro lo interpreta como algo de vida o muerte. Agrega el doctor, que lo normal es que la alerta sísmica o un sismo sin consecuencias a nivel catastrófico nos cause malestar psicológico de algunas horas o incluso un día, sin embargo, recalca que si dura varios meses se debe buscar un especialista de salud mental.


En México, un estudio realizado por Sandoval et al. (2019), a personal de enfermería que trabaja en el Hospital de Especialidades del Centro Médico Siglo XXI, para evaluar el Trastorno de Estrés Postraumático posterior al sismo de septiembre de 2017, encontró que sólo el 11.3% de la muestra (150 personas) presentaron síntomas de Trastorno por Estrés Agudo, lo que indicó una prevalencia baja con respecto a la población, e identificaron factores protectores como la escolaridad, el estado civil (casados), y la impartición de psicoeducación como intervención primaria.


En relación con esto, Álvarez-Icaza y Medina-Mora (2018), indican que además de los daños materiales que sufre la población expuesta a sismos o desastres naturales, se encuentran los desórdenes psiquiátricos, a corto o largo plazo, y que dependen de aspectos como el grado de exposición, experiencias previas y habilidades para responder a estos eventos; se incluyen el trastorno de estrés agudo y crisis de ansiedad en las primeras horas; tristeza, duelo y nerviosismo durante el primer mes; TEPT, depresión y abuso de sustancias en los 2 a 3 meses siguientes; y depresión y riesgo suicida entre los 3 y 12 meses posteriores.


En un estudio cuantitativo realizado por el Instituto Mexicano de Psiquiatría (ahora Instituto Nacional), y la Dirección General de Epidemiología de la Secretaría de Salud (Tapia et al., 1987), en el que se evaluó el impacto del sismo de 1985, se encontró que el 32% de la población evaluada (524 personas), fueron diagnosticadas con TEPT.


De la Fuente (1986), realizó un estudio en una muestra de 641 personas víctimas del sismo de 1985 en Ciudad de México, que habían sufrido la pérdida de bienes, familiares y amigos y algunos habían quedado atrapados entre los escombros; se encontró que el 28% presentó diagnóstico de TEPT; 54% presentó oleadas de miedo; el 34% tenían sueños relacionados con el trauma, culpa y cólera; 18% con ansiedad generalizada; 14% con trastornos depresivos y 2% con estados fóbicos y disociativos. Posteriormente, las personas manifestaron estados de desilusión, apatía e incertidumbre hacia el futuro y cambios drásticos de la perspectiva de vida.


Cárdenas, Guerrero y Barrios (2020), realizaron un estudio cualitativo en personas que vivieron el sismo del 19 de septiembre de 2017 en Morelos, en el que obtuvieron que quienes vivieron este suceso presentan impactos psicológicos posteriores (a los 6 meses y posterior) debido a las pérdidas tanto materiales como humanas. Estas afectaciones psicológicas se perciben como miedo a las pérdidas materiales y familiares, así como a sufrir nuevamente un evento de esta magnitud.


Con respecto a lo anterior, puede observarse que en la investigación realizada se obtuvo una baja prevalencia de Trastorno por Estrés Agudo; sin embargo, no se consideraron aspectos relevantes de la experiencia de las personas, que pueden incrementar el conocimiento acerca de cómo se enfrentan a situaciones traumáticas; aspectos que son importantes al momento de evaluar este trastorno.

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